Sueños nocturnos
Stephen King se ha hecho rico gracias a las palabras y a las ideas. Sus capacidades en el campo de los negocios, en la elección de sus colaboradores, en la búsqueda de sus temas, son indiscutibles.
A veces creo que, cuando repetimos una idea muchas veces, ésta se vuelve realidad; así que evito hablar el mal, o al menos así fue durante casi toda mi vida. Digo "casi", porque hace poco cometí varios errores en ese sentido, pero el argumento es tan personal, tan banalmente realístico, que carece de todo interés poético y novelístico. Las decepciones pueden ser, incluso, temas de foco en la vida de ciertos autores: veamos qué hago con las mías.
Tengo una vida onírica muy fecunda y es algo que me gusta mucho. Los personajes de mis historias que viajan por las nubes en carrozas o en caballos voladores, provienen directamente de mis sueños. Son cosas que he visto y que nunca he olvidado. Hubo un sueño famoso de mi infancia (famoso para mí), donde partía desde mi ciudad, Maracaibo, atravesaba Colombia y seguía, a través del Mar Caribe, directo hacia Europa. Nunca llegaba a la meta, cuando en mis sueños partía desde un lugar hasta otro. Generalmente, en otros sueños, ya me veía en los lugares que había buscado o deseado en otros sueños: en un sueño me veía saliendo desde el punto A hacia el B; en otro, quizás un mes o un año después, me veía directamente en el punto B.
Me hubiese gustado que la frecuencia entre los sueños, hubiera sido más breve.
Anoche volví a soñar que volaba. Soñé que una amiga de acá, de Roma, me había preparado un pescado para cenar y fui a su casa, atravesando el centro de la ciudad, a vuelo tendido y de noche. Estuve caminando por los techos del centro, que estaban completamente oscurecidos y veía, sobre mí, una luna llena que, a pesar de ser inmensa, no proyectaba su luz sobre los edificios.
Allí estaba esa la lámpara, flamante, sin embargo, sus efectos se hacían desear.
Este tipo de sueños, en mi vida, los he tenido muchas veces.
Me pregunto si el estrés puede hacer que uno vuele en los sueños o deje de volar, y me pregunto también si hablar más positivamente sobre la vida, puede hacer que, nuestros deseos, puedan volverse, gracias a esto, reales. Sobre estas bases, apelo a aquella hermosa frase del primer capítulo del Génesis, esperando que se realice, que sea una metáfora del porvenir: que a pesar de todas las tinieblas que se extienden sobre la faz del abismo, uno pueda decir: “sea la luz”, y la luz llegue a ser. Y Dios diga, como respuesta: “Sí”.
La foto que usé, esta vez, la tomé hace un par de años en el centro de Roma, en la famosa Piazza di Spagna. Hubiese querido colocar una foto que representase mejor mi idea, pero tendría que buscarla entre mis carpetas y, en este momento, carezco de la paciencia necesaria y del tiempo, para emprender semejantes pesquisas. Os saludo, este domingo 1 de marzo, desde la misma silla y delante de la misma ventana, agradeciéndoos, una vez más, vuestra cortés visita.

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