Galletas de la fortuna


        Hace un par de días, leí en Instagram algo que sabía ya desde hace muchísimos años. Estos meses me han hecho pensar a que parece que la vida me está haciendo un repaso de los conocimientos más básicos de la existencia y me está imponiendo recordarlos para… quizás para qué.


El mes pasado la vida me hizo recordar que existen modos para desahogarse, donde no es necesaria la confesión de las propias angustias, a pena de ser malinterpretado o juzgado en poco. La amistad debería ser también una suerte de auxilio en ese sentido, pero los seres humanos somos muy complicados y el hecho de recibir o dar confesiones, a veces, puede dañar un poco la amistad y existen severas posibilidades de que, quien recibe, crea que quien ofrece las confesiones tiene, tal vez, un segundo propósito que, en verdad, no existe. No lo digo por mí: sé cosas privadas de medio mundo, porque soy capaz de llevar los problemas de los demás, sin sentirme deshecho por haberlos enfrentado o escuchado. Pero no todas las personas son iguales.


Hay personas que deberían tener en la frente un botón rojo, que lleve escrito: “en caso de necesidad,  no me diga nada: llame a otra persona”. Y bueno, al ver ese cardenal rojo allí, ese cilindro llamativo con semejante rótulo escrito, emergiendo de entre la carne de la frente, uno entre en razón, quizás por miedo a lo desconocido, y se quede callado. El problema es que muchas personas deberían tener ese botón en la frente, y si uno se pone a buscar a las que no lo tienen, entonces, se figura que quizás tales personas nos son extrañas, uno no las conoce; por lo tanto, no puede irles a contar los problemas privados, para aligerarte, y ellas tampoco tienen por qué calarse todo lo que uno les diga, debido a que no tienen ningún lazo en nuestra dirección, que les inste a soportar semejantes informaciones.


Lo que leí en Instagram fue que, cuando uno tiene un proyecto, lo debería tener en silencio. Yo estoy documentando en este blog el avance de mis trabajos literarios, porque necesito también esa válvula de desahogo y me veo en la necesidad de acudir a esta solución para no volverme loco, ya que no puedo hablarlo con nadie más. ¿Me equivoco? No lo sé. Quizás quién leerá estas palabras, y de qué parte del mundo me leeréis, si es que me estáis leyendo.

En mi post precedente, mostré una página del librito que estoy a un paso de publicar. Esa ilustración la realicé en Procreate y seguramente se ve mucho mejor que en lo que aparece en la página, que luce en baja resolución. Quizás estoy exagerando con mis ilustraciones, porque la estampa las reduce de calidad y me veo como almorzando un pan de anteayer, cuando lo había preparado en la mañana.


Ayer llovió todo el día. El hecho es que el 26 de marzo, que fue ayer, es una fecha importante y no tiene solamente que ver conmigo, sino con mis hermanos y mi madre, y lo que escribí ayer al respecto, luego decidí descartarlo porque la vida familiar no es mía solamente. Lamento no poder dar más aclaraciones, pero ayer, digamos que por casualidad, llovió todo el día e hizo frío. Estuve como recibiendo el peso de la jornada, por tantas horas, que fui a dormirme antes de las once de la noche.


Mañana volveremos a ir al restaurante chino. En la foto que he colocado, aparece uno de esos mensajes de las galletas de la fortuna. En ese dice en italiano: "se ven llegar algunos cambios". Espero que sean buenos cambios y espero también que no vuelva a llover, porque las noches romanas, después de un chaparrón, en estas fechas, pueden tornarse heladas.


Son las 12:57 y aquí bate el sol, ha sido un día lleno de luz física, pero todavía, dentro de mí, sigue lloviendo a cántaros, desde ayer.


¡Os envío un saludo!


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