Sobre la soledad del escritor (post escrito el 7 de enero del 2022)

       



       Escribir es un oficio muy extraño, se puede definir de mil maneras distintas. Cada persona tiene su modo de trabajar, sus costumbres. Algunos pueden escribir sólo cuando están tristes (y es la mayoría de la gente); otros, únicamente cuando se sienten enamorados. Ninguna de estas preferencias o disposiciones está errada. En la literatura no hay leyes del oficio, según mi parecer, creo que más bien deben existir hábitos de lectura, es la única cosa necesaria. Escribir a veces es sólo una acción mecánica. El concepto que tienes dentro, es lo que importa. No existe, sin embargo, la garantía que tu arte tenga una aceptación, que genere intereses; ser conscientes de esta cosa nos hace sobrevivir. 


Desde que existen las redes sociales uno puede comunicarse, prácticamente, con todo el mundo. Hace un par de semanas, la famosísima actriz Janet Hubert Whitten puso un like a la reacción que dejé en uno de sus posts. Yo le tomé una foto a la pantalla para conservar el recuerdo. Cuando era niño, siempre pensé que esa mujer era una de las más bellas del mundo, esto, naturalmente, mientras ella hacía el papel de la tía Vivian en Bel Air Prince, que en Venezuela se llamaba El príncipe del rap. 


La distancia entre las personas se ha acortado, ¿no les parece?


Debo confesar que tengo un defecto: no me siento intimidado por las personalidades fuertes, ni por la gente famosa. Si me encontrara a Madonna en la calle, le pediría un yesquero con la misma naturalidad que se lo pediría a cualquier otra persona. Esto, claro, si yo fumara. Éste es otro de mis defectos: los escritores deberían tener algún vicio, para así poder parecer interesantes o para reforzar el carácter. No recuerdo dónde oí o leí esta cosa tan cómica; yo, sin embargo, bebo muy poco y no fumo. 


Por cierto, una vez vi a Madonna, en el 2013, saliendo del restaurante Antica Pesa, aquí en Roma. La única cosa que sentí fue sorpresa, porque me pareció como ver un fantasma. No le dirigí ni una sola palabra.


¿La escritura es un vicio? Una vez, un director de cine amigo mío, el cual tengo al menos dos años sin ver, me dijo que, quien escribe poesía después de los 20 años o es un idiota o es un genio, una de las dos cosas. Y con la carencia que hay de genios, pienso que la mayor parte de los escritores somos unos idiotas. La cosa que me pareció divertida fue que él se la pasa escribiendo también, es su trabajo. Me pregunto si él se considera más bien un genio o, quizás, del grupo de los idiotas.


La verdad es que, indiferentemente, un genio y un idiota literario comparten el mismo pan: la soledad.


Toda la vida me ha gustado el arte y pasé una gran parte de ella queriendo vivir como una persona normal. Cuando uno se siente apasionado por las letras, es prácticamente imposible encontrar gente con quien compartir estas emociones.


Hubo una época donde todos los escritores que conocía, me daban sus libros para que les echase una ojeada. Yo leí todos los que me dieron y todos los comenté; noté, no pocas veces, que incluso ellos se aburrían, después de un cierto tiempo, digamos, media hora de conversación enfocada en sus propios trabajos literarios, anhelaban cambiar el tema y yo me sentía desencajado. Algunas veces llegué a pensar que ellos no habían podido escribir sus propios libros, porque no se puede hacer una cosa y desentenderse completamente de ella, con tanta facilidad. Algunas veces, estos animales mitológicos me dieron unos libros muy buenos, otras, divertidos. Me preguntaba cómo era posible que los autores divertidos no se hubieran hecho famosos, porque ¿a quién no le gusta echarse una o dos risotadas con un libro en la mano? Sin embargo, entorno a ellos había sólo silencio. 


Ha sido imposible para mí hablar de literatura estos últimos doce años. Cada vez que puedo, intercambio unas palabras de algún libro con alguno que otro lector y luego pasamos a los temas importantes: la más profunda vacuidad existente. 


He pasado tanto tiempo soportando estas actitudes, que me he dado cuenta que ya ni siquiera hablo de literatura con nadie. Hace dos años estuve leyendo a Zola, del Ciclo de Rougon Macarth, y para recordarme las cosas, adopté un método: antes de ir a dormir, hacerme unas diez preguntas sobre lo que había leído y responderlas enteramente en mi mente. 

Escribir es como irse a un campo en el medio de la nada y ponerse a pintar allí un paisaje en plein air. No sé si quienes leen pueden imaginárselo, pero cuando uno está completamente aislado y sigue pintando, sin recibir ni siquiera el beso de un zancudo, es porque algún fuego tiene uno dentro. Alguna pasión hay en esta o en esa alma y, ¿por qué no? En la propia alma, si se está dispuesto a ejercer una actividad en completo anonimato y abandono y no sentirse, al mismo tiempo, perdido.


En mi post anterior conté cómo fue que llegué a la conclusión del nombre La Nocturna Deidad. 


Después de haber escrito el post, estuve meditando en ello el día siguiente y, por primera vez, pensé que ninguno de los presentes en nuestra casa, esa noche del 2004, se dio cuenta de lo que yo había hecho y nadie pudo haberlo siquiera sospechado. Mi abuela Ligia siguió mirando la televisión y yo seguí pintando, respondiendo y comentando lo que me decía, sin referir una sola palabra de lo que había ocurrido en mi interior: no sucedió nada, absolutamente nada, más allá de la orbe de mi cráneo. El evento del nombre se celebró en mi mente con gran escándalo y con mucho jaleo, pero nadie se dio cuenta. 


Algunas pocas personas me han escrito para felicitarme, después de mi post, porque les gustó la historia. Yo no siento más que gratitud por tales comentarios. Una vez, Salvador Dalí, en una entrevista, contó que en una oportunidad, un taxista, me parece, estuvo a punto de atropellarlo en las calles de New York. El pintor, que se salvó milagrosamente (según él mismo llegó a contar, cosa de la cual tomamos nuestras distancias), dio dinero al taxista cuando éste se bajó para ver lo que había ocurrido. 


Dalí le pagó al taxista porque no lo había matado. 


Cuando escuché del artista estas palabras, me eché a reír. Es que en fondo tiene razón; no es que la tenga totalmente, pero puedo comprender su intención. Claro, yo jamás hubiese hecho eso y no sé si lo que él contó era verdad, pero no deja de ser gracioso en cualquiera de los casos. 


Hace cuatro años vi cómo atropellaron una muchacha bellísima en una calle de Roma, exactamente delante de una iglesia que llaman Chiesa Nuova, pero que realmente tiene otro nombre. Os digo que cualquier cosa funesta que yo haya podido escribir en mi vida, no podría expresar el horror de tal espectáculo. He pensado incluso pintar un cuadro o hacer una escultura en honor a esa muchacha y regalárselo a sus padres. Hasta ahora no lo he hecho, pero no he abandonado la idea. 


Quedé aterrado esa tarde y creo que sigo estándolo. Hubiese pagado todo el oro del mundo para que esa muchacha hubiese podido seguir respirando. Sufrí mucho con lo que ocurrió y cada vez que paso por allí, pienso en ella. 


Dalí hizo de este concepto una especie de reflexión surrealista, una especie de “pizzo” al destino como agradecimiento por no haberle herido. En Italia, se dice pizzo al pago que se da a alguno, bajo cuerda, para que haga algo o el pagamento que exigen las mafias a cambio de protección. Dalí pagó con un pizzo al taxista, que llevaba consigo la muerte, por no habérselo cargado. 


Reírse de las propias desgracias a veces no puede clasificarse solamente con el término de “autoironía”. Como hay helados italianos y helados normales, hay también diferencias entre esas reflexiones donde el objeto de la risa es el propio rostro.


Yo me siento a veces, cuando me dicen algo bueno sobre mi literatura, como un niño de seis años cuyo padre lo lleva al cine a ver su película favorita. Me siento tan agradecido que pagaría a la persona por haberme regalado tal placer. Lo he descubierto últimamente y he caído en las usuales introspecciones: ¿será que me siento agradecido porque la crisis del covid, el aislamiento y lo demás, me están volviendo más sensible? ¿Será que mi sentimiento de felicidad es un síntoma de que estoy necesitado? ¿Será que esta efusión chispeante me califica como un loco? ¿La locura, por ende, tiene que ver con la felicidad? ¿A alguien robo algo si me siento feliz por haber causado placeres mentales a otra persona, por esos cinco o seis minutos que les duró la lectura de mis memorias? Y cuando digo memorias, hablo de los post de este blog. Porque la Nocturna no forma parte de mis recuerdos, sino de los paisajes de mi imaginación.


Porque en la literatura, amigos, estamos rodeados de agua. 


Por esta razón he dejado de preocuparme por tantas cosas, porque, sinceramente, escribir es como estar nadando en el océano. 


¡Hombre al agua! ¡Plash!


Ves cómo el barco se aleja y tus gritos de ayuda se pierden con el mecerse de las olas. Hay una canción de Paolo Conte que habla sobre esto e incluso un capítulo de Los Miserables que toca también el tema. Nosotros, los escritores, vivimos una serie de fiestas mentales, muy privadas, en las cuales nos ofrecemos el vino, nos llenamos las copas y brindamos, chocando el cáliz de la derecha con el que sostenemos en la otra mano.


No creo que haya sido diferente para Dante ni para Hugo, ni tampoco para Zola. 


Puede que, como escritores, nos sintamos a veces como islas, objetos extraños en una cristalería por los cuales nadie pregunta el precio, o quizás como el último mango colgando de un árbol ya arrasado por los muchachitos. En mi ciudad de nacimiento, crece muy fácilmente esta fruta, no pocas veces llegué a ver un solo mango colgando de una larga ramita verde. Sabía perfectamente que hace pocos días ese mismo árbol había estado lleno de frutas y ahora, los infantes se habían robado todos los frutos. ¿Por qué no se llevaron también ese? Veía el fruto meciéndose, como un abortivo, como un elemento desesperado y no pocas veces llegué a sentir tristeza por un mango en esas condiciones. ¿No os parece extraño sentir tristeza por el último fruto de un árbol? Los escritores, a veces, somos eso y la sociedad lo sabe.


Estamos solos, me parece. Tengo la esperanza de equivocarme y por eso digo “me parece” o “quizás”. 

La casa donde viví hasta los 25 años es muy grande. Cuando era niño, una vez, me desperté en la sala o eso creo recordar, pensando que mi mamá había ido a buscar a mis hermanos en el colegio. ¿Y con quién me habían dejado?

Visto que comencé la escuela a los cinco años, pienso que en ese tiempo habré tenido al menos tres o cuatro. Hallándome solo, empecé a llamar, a gritar, esperando que alguien bajase por las escaleras y viniese a acompañarme, pero nadie lo hizo. Me sentí aterrorizado, entonces, amigos, me puse a cantar. 


Un sacerdote que fue mi amigo, me dijo una vez que “quien canta, ora dos veces”. Yo no sabía que a Dios le gustaba la música, pero me puse a cantar una canción a Dios que había escuchado en un programa de televisión venezolana, que daban por ese entonces, y que se llamaba "Juanito y Él". 


He pasado ya los treinta años pero, pensando en esta soledad de la cual hasta ahora os he hablado y mi canción (que no es otra cosa que una oración cantada no menos efectiva que un Te Deum, y que tiene un estribillo muy pegajoso que dice: “Dios, mi amigo Dios”), algo dentro de mí se estremece. Un cuervo deja caer en mi mente a Alexandre Dumas. ¿Estuvo solo el autor cuando describió la fuga de Dantés del Castillo de If? Puede que él haya estado tan solo como yo estuve en esa mañana de mi infancia, o al menos como yo me sentí, antes de que la situación que os acabo de relatar sufriera un cambio inesperado.

Quien no había oído mis gritos y súplicas, oyó mi canto y me envió auxilio: mi abuela Ligia bajó por las escaleras, riéndose. Fue a mi encuentro y yo recobré enseguida mi lucidez, al verla. Supe que Dios me había oído y me había enviado su águila.

En ese momento de nuestras vidas, abuela podía caminar.


        ...


       Anoche, 13 de febrero del 2026, encontré una carpeta con varios post escritos durante el período del covid y que jamás publiqué, entre los cuales, el que apenas habéis leído. La foto que he colocado, para que así pueda aparecer una imagen al inicio de cada post, representa esos años. Allí estaba delante del bar restaurante Canova-Tadolini, en Via del Babuino, y eran las una y media de la madrugada. Os saludo, desde el mismo lugar, delante de la misma ventana, y son las 14:52 de la tarde, hora romana.

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